domingo, 6 de junio de 2010

Rea.

A Piedad le interrumpen el sueño. Una vez más, ya se le ha hecho costumbre. Son las cuatro y media de la madrugada, la celadora realizó puntual el anuncio del nuevo día. Piedad entreabre los ojos, el moho instalado en la pared vecina le sonríe con sarcasmo. Piedad se encoge. Su cuerpo no ha podido evaporar el frío de la noche, la humedad de la celda lo ha impedido. Tan sólo una rendija casi a la altura del techo oficia de corredor para el pasaje del aire hacia el exterior.

Piedad ahora se incorpora. Su largo pelo negro cae libre sobre su espalda aprovechando este recreo que culminará cuando Piedad lo recoja bajo la gruesa tela del hábito, que por ahora está colgado en posición vertical, descansando del cuerpo de su dueña. Piedad toma el rosario que pende del hábito entre sus manos. ¿Será que esas esferas de madera llevan algún tipo de energía? La cruz la mira, adivinándole el pensamiento y Piedad se levanta, ahora definitivamente.

Debería de estar agradecida, en tiempos en los cuales una mujer se casaba con su marido o era casada con Dios, a ella la habían ofrecido al Señor quien sabe a cambio de qué. La novicia ahora se colocó el hábito sobre el cuerpo, y sobre él, el rosario. Se arrodilló, se persignó, e hizo su primera oración del día. Minutos después, junto con otras veinte desayunaban sentadas a lo largo de un extenso tablón que se apoyaba en dos caballetes. Leche y una rebanada de pan, leche recién hervida cuyos vapores provocaban una irremediable náusea en Piedad que se cuidaba muy bien de disimular.

Concluido el desayuno, las novicias se abocaban a las plegarias matinales. Luego zurcían sus propias prendas al menos una veintena de veces que usaban hasta convertir en andrajos. También cocinaban el almuerzo para todo el convento haciendo media hora de caminata hasta el torrente que bajaba transparente por la ladera de la montaña vecina y recogían el agua en tinajas que cargaban a la vuelta.

Piedad hace mucho que era una autómata. Fray Justo Ocaña y Torremolinos, comisario del Santo Oficio, se había apiadado de su destartalada alma, aunque cabe aclarar que el estimado fraile lo había hecho a cambio de administrar los bienes de su extinta familia. Es que había necesidades urgentes, los reos de la inquisición ocasionaban cada vez más gastos y ya no había arca que aguantase, las mazmorras estaban repletas, y había que alimentarlos. Por tanto era justo que la familia de cada reo financiara su estadía en las cárceles del Santo Oficio dejando en consignación su patrimonio hasta que el reo cumpliera su condena.

Fray Justo Ocaña y Torremolinos estaba pues clavado en el corazón de Piedad y la herida sangraba. Ya llegaría el día, se decía ella, que el Señor lo enviase al Infierno. Es que la memoria de Piedad almacenaba un tesoro divino que no debía ver la luz. Pero tenía miedo que algún día se le borraran sus rostros, es más, sólo tenía un vago recuerdo de ellos. Quizá Fray Ocaña la había desviado a ella de tan nefasto destino porque había sucumbido al pecado de la carne. Quizá. Lo único cierto al fin y al cabo es que el noviciado era un Paraíso comparado con el destino que la aguardaba a la vuelta de la esquina. Piedad sabía que no era capaz de engendrar descendencia puramente cristiana, Fray Ocaña también sabía.

Piedad debía de mostrarse agradecida por su silencio, pero se sentía en una encrucijada. Extrañamente su pasado estaba cada vez más difuso, pero cada vez más ligado a sus entrañas. Y tenía miedo que su memoria le jugara una mala pasada, pero era a la vez su consuelo. En su imaginario construía versos, los moldeaba y formaba poemas. Miles de poemas. Es que Piedad era una artista. En un tiempo siniestro. Y sabía que su arte podría llevarla a la hoguera. Pero, ¿cómo mantener vivo un pasado que le quería ser arrancado?

Su poesía había nacido en otro tiempo. En otro espacio. De relatos que provenían del otro lado del Atlántico, de otros aromas, de un patio de mosaicos con su fuente en el medio, de Sefarad, del viejo continente, de mucho antes de que Fernando e Isabel de Castilla labraran su edicto de expulsión, el mismo año en que Cristóbal Colón había descubierto el nuevo continente.

Sus abuelos pues, había cruzado el Atlántico y llegado milagrosamente a estas costas en busca de un destino mejor luego de una larga travesía en la bodega de un destartalado navío, junto con muchas otras familias. Se abocaron a la nueva fe y aprendieron a adorar a Nuestro Señor con devoción, pero siguieron cargando con su estigma sellado con fuego.

Su poesía guardaba este secreto de sus ancestros, le decía que Dios era el único bajo las leyes de Moisés y le gritaba que ella se llamaba Sara.

Sara vivía presa, en el cuerpo de Piedad, atrapada en un hábito y simulando una nueva fe para preservar su vida. ¿Tenía sentido aquello? Por momentos se veía tentada de abandonarlo todo. Pero algún día los tiempos cambiarían y alguien debía vivir para que todos ellos pudieran trascender hacia el futuro, a un tiempo donde cada uno podría elegir Dios nuevo, Dios viejo o ninguno. Sino el mundo, en poco tiempo estaría totalmente sometido. Ese deseo de incidir, ese pequeño granito de arena, ese gran sacrificio era pues, absolutamente necesario.

En el convento vivía con austeridad. Por el momento no había peligros, pero tampoco sorpresas, los acontecimientos eran absolutamente predecibles, los días eran obvios. Una mañana, Piedad amaneció con mucha fiebre. La Madre Superiora le ordenó guardar reposo, y destinó a Sor Catalina, una monja con rostro severo para que velara por su salud.

Presa de sus delirios, Sara se despertó sobresaltada: -“¡Oh Dios, Rey de Israel, el único! ” ¿Lo habría dicho en voz alta? Miró a Sor Catalina, pero su rostro permanecía inmutable.

Dos días después, un médico se presentó. Indicó a Piedad acostarse boca abajo, y le aplicó ventosas de vidrio a lo largo de toda su espalda. Su sangre emanaba a borbotones. A la semana, la infección cedió. Pero su espalda estaba absolutamente llagada.

Esa misma noche, Piedad abandonó el convento, ya no se sentía a salvo allí. Anduvo serpenteando la montaña. Durante días se alimentó de gramilla y bebió agua fresca del río que dirigía su marcha. Su piel se perforó de espinas; la naturaleza estaba furibunda.

Una semana después, Sara llegó a un caserío. Con las últimas fuerzas que le quedaban, tocó a la puerta, abrió una mujer y dijo: -“¡Oh, Hermana! Pasad.” Esa noche, Sara alimentó su raquítico esqueleto, y durmió después de mucho tiempo en un lecho caliente. Las sábanas le acariciaron la piel.
A la mañana siguiente, un grito imperioso de la dueña de casa la despertó sobresaltada. –“¡Vestíos de inmediato! Fray Justo Ocaña y Torremolinos aguardaba en la sala. Sor Catalina la había delatado.

Sara está ahora en una mazmorra del Santo Oficio. Siente el fuego de los grillos en sus tobillos y muñecas. De sus ropas nada queda. Ya no distingue las luces. No tiene idea del paso del tiempo. Parece se han olvidado de ella. Pero no.

Le traen ropas nuevas. Se viste. Tres encapuchados negros la conducen a la plaza de Armas. El público aguarda expectante, dará comienzo el Auto de Fe. Los verdugos la atan al poste central, sobre una pila de hinojo, su largo pelo negro se mece al viento. Sus ojos azules ya no tienen miedo. Sabe que se reunirá con su familia, y que despertará en libertad.

Sara va ser quemada viva.

Sara, la mujer.
Sara, la poetisa.
Sara, la judía.

Anna Donner © 2009

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